Cristina Pacheco: Mar de Historias

Written By Unknown on Senin, 16 September 2013 | 15.54

D

esde principios de septiembre, mi abuela nos mandaba a la papelería de Rubén para comprar metros y metros de papel de china con los rostros impresos de la Corregidora, Miguel Hidalgo –ella siempre le aplicaba el don– y los Niños Héroes.

Sospecho que mi abuela experimentaba hacia los cadetes de 1847 más orgullo que por sus nueve nietos, contando a Agustín. Su madre, mi tía Rutila, murió en el parto y el bebé la sobrevivió sólo 47 minutos: el tiempo justo para que el padre Sánchez lo bautizara con el primer nombre que se le ocurrió: Agustín.

Cuando íbamos al panteón y limpiábamos la tumba compartida por mi tía y por mi primo (aunque no lo parezca, es difícil llamar así a un bebé de tan pocos minutos), mi abuela nos aseguraba que antes de morir, Agustín, apenas un bultito amoratado entre sus brazos, le había sonreído.

Desde aquel momento ella interpretó lo que debió ser sólo una mueca como señal de que el bebé había pretendido tranquilizarla. Le demostraba que se iba de este mundo contento por saber que partía al encuentro de su madre y de Nuestro Señor.

La pérdida de su hija y de su nieto volvieron a mi abuela solidaria con cuantas personas guardaran luto por sus seres amados. Mantenía esa actitud sin distingos, lo mismo con algún vecino o un familiar que con los desconocidos cuyos nombres firmaban la esquela en un periódico: Pobre gente (léase familia Sánchez o Juárez o lo que fuese) ¡cómo estará sufriendo!

II

Su espíritu confraterno adquiría nuevas proyecciones en septiembre. Mientras la ayudábamos a colgar en nuestros balcones los metros de papel tricolor con los rostros de los próceres, mi abuela imaginaba el orgullo inmenso pero también el dolor que habrían sentido los padres de los Niños Héroes, en especial los de Agustín Melgar.

Que su muerte heroica fuese digna de ser recordada para siempre como gesto de dignidad y acto de supremo patriotismo, no aminoraba –según mi abuela– el dolor que de seguro habría sentido su pobre-madre. Mi abuela nunca se interesó por saber su nombre y sin embargo era capaz de aquilatar su desolación ante la pérdida del hijo cadete. Y cómo no iba a serlo si en una sola tarde la muerte había despojado a mi abuela de su hija Rutila y de su nieto, que también se llamaba Agustín, de apenas 47 minutos de edad.

Su vida tan breve no alcanzó para que le tomaran a Agustín ni siquiera una instantánea; sin embargo estaba presente en las muchas fotos de mis primos y mías que mi abuela atesoraba en álbumes de pastas nacaradas. Eran sus tesoros. Nos permitía hojearlos nada más en fechas especiales, como si temiera que la luz de un día común pudiese dañar los retratos ya de por sí oscuros y desenfocados.

III

Ver nuestros álbumes habría sido mucho más divertido y emocionante si a mi abuela no le hubiera dado por pretender darle a Agustín un lugar en las imágenes que documentaban nuestros bautizos, cumpleaños, primeras comuniones, hazañas escolares, logros deportivos, ocurrencias, paseos y hasta los momentos difíciles: Ciro tomando nieve de limón después de que lo operaron de las anginas. Manolo con varicela. Efrén herido por una pedrada. Rodrigo con el brazo enyesado.

A mi abuela no le bastaba con señalar el sitio que en su imaginación le correspondía a Agustín entre el resto de sus nietos. En su afán por darle vida iba más allá: imaginaba la estatura, el peso y hasta la ropa con que Agustín habría posado de haber cumplido las mismas edades que el resto de sus nietos íbamos alcanzando.

Avasallados por la presencia intangible de Agustín, mis primos y yo nos mirábamos en silencio, ansiosos de que mi abuela diera por terminada la sesión y regresara a su lugar los álbumes. Eran una especie de reliquia, lo mismo que la cuna en donde Agustín nunca llegó a dormir.

El mueble, protegido por un tul blanco, estaba en el último cuarto de la casa. Cuando se cumplía otro aniversario de la muerte de Agustín, mi abuela le cambiaba las sabanitas y movía las campanillas de crochet con cascabeles pendientes de la cabecera. El tintineo la hacía feliz. Le recordaba la única y última risa de Agustín antes de ir al encuentro de su madre y de Nuestro Señor.

IV

Nunca se lo confesé a nadie, pero el intento de mi abuela por inventarle a Agustín un desarrollo natural y la vida que jamás iba a tener me asustaba. Me producía la sensación de que mientras el niño muerto a los 47 minutos de nacer iba cobrando forma y vigor mis primos y yo nos borrábamos en las fotos hasta desaparecer a los ojos de mi abuela y por eso mismo del mundo.

La sensación de evanescencia me aterrorizaba al grado de que a fin de aplacar mi espanto me ponía frente al espejo para hacerle muecas a mi imagen, mover los brazos y las piernas o a saltar sin ton ni son. Al final de aquella práctica absurda quedaba exhausto pero feliz de haberme recuperado y ser un niño de verdad.

V

Nuestra Noche Mexicana era toda una celebración. La casa se adornaba con flores, la cocina olía a comida picante y condimentada. En el patio lanzábamos serpentinas de colores y agitábamos banderitas. Aunque lloviera, en el momento del Grito, salíamos todos al balcón recubierto con las imágenes de nuestros próceres.

Allí, solemne, mi abuela repetía los nombres de los Niños Héroes, con especial emoción el de Agustín Melgar y lloraba. No sé si en aquel momento de nuestra ceremonia pensaba en el cadete heroico o en su nieto que pasó en el mundo breves 47 minutos y sin embargo llenó toda su vida.


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