Cristina Pacheco: Mar de Historias

Written By Unknown on Senin, 18 Maret 2013 | 15.53

T

odo sigue igual en la habitación de Minerva. Mi bebé. Mi nena. Mi niña. Mi orgullo. Mimí. El desorden en el clóset permanece intocado. Bajo la cama se arremolina la confusión de sandalias y tenis. Junto a la ventana sigue la torre de compactos siempre a punto de caer. Sobre la mesa conviven libros, revistas, programas, una bolsita de cosméticos y el cuaderno en el que falta una hoja. Sólo una.

Marcos la arrancó y la hizo añicos después de leer –primero sin comprenderlo y después sin aceptarlo– el breve mensaje escrito con la pésima letra de Minerva. En un parpadeo, su última confesión quedó hecha una pedacería incomprensible: pá… co… sie… no… pue… ver… A Marcos y a Carolina les basta con agitar un poco el recuerdo para que las sílabas formen palabras como si fueran cristales dentro de un caleidoscopio: Mamá, Papá: no sé cómo decirles cuánto siento lo que pasó. No puedo más. Es verdad lo que les dije. Yo hubiera querido… ¿Qué hubiera querido mi bebé, mi nena, mi niña, mi orgullo?

Carolina y Marcos jamás podrán saberlo. Están conscientes de eso y sin embargo siguen buscando las respuestas o inventándolas cuando alguno de los dos no puede más y rompe el pacto de silencio que acordaron para no volverse locos a partir de la noche en que Mimí se hizo toda quietud y se detuvo para siempre en sus l4 años. ¿Qué vas a querer para tus quince?

Esa interrogación, hasta hace poco inofensiva, se ha transformado en un dardo venenoso como el resto de las incógnitas que han ido brotando sobre la ausencia de Minerva. Sola en su cuarto, pensando no se sabe en qué, aceleró su tiempo, se colocó al frente de sus mayores para hurtarles la muerte que por edad les correspondía, se entregó a ella y al cabo de un segundo desapareció como una piedra arrojada al estanque. Mimí: ¿qué pasa? ¿Por qué no hablas?

II

Pastillas, les explicó Carolina sólo a los familiares y allegados que se presentaron en la funeraria para darles el pésame. Nadie se atrevió a inquirir los motivos de Minerva para tomar una decisión tan violenta. Pero si alguien lo hubiera hecho, Marcos no le habría respondido. Estaba sin palabras y sigue a medias envuelto en el mutismo. Se lo impuso como castigo por haber creído que su hija, su Minerva, su Mimí, era la jovencita que aparecía desnuda en la pantalla del celular, abriéndose, contorsionándose, arrastrándose sobre el cuerpo de un hombre ávido y brutal.

Por las noches, cuando Marcos se despierta gritando, pidiéndole perdón a su Mimí y rogándole a Dios que le quite la vida, Carolina aligera su angustia. Le recuerda que por lo menos la mitad de la culpa le corresponde a ella. Tampoco creyó en lo que suplicante le gritaba Minerva. Que no era ella, que lo que habían visto en la pantalla era un montaje inventado a partir de su cara por alguno de sus compañeros de escuela. Al mismo tiempo, con idéntico enojo sus padres le exigieron pruebas, nombres. La acusada no acertó a recordar ninguno, sólo dijo que sus condiscípulos la odiaban a raíz de su noviazgo con Aldo. Desde entonces la amenazaban, le tendían trampas, deslizaban dibujos entre las páginas de sus libros.

Sus padres tenían derecho a saber qué clase de dibujos. Sucios. Feos. Esta perra sin calzones es Minerva. Minerva saltando en el pájaro de un naco. Pero no, ella no había estado jamás con ningún hombre, ni siquiera con Aldo a pesar de que él tanto se lo había pedido. Besos y tocamientos sí, en la penumbra del antro clandestino; caricias sí, en el cine, en el estacionamiento de la escuela, de camino a la casa. Pero lo otro no.

Que se atreviera a negarlo después de que la habían reconocido en la pantalla por el estilo del peinado, los ojos garzos, la nariz ancha y los labios carnosos aumentaba la furia y la vergüenza de sus padres. La desnacieron. Para mí estás muerta. Maldigo la hora en que te traje al mundo. Unos minutos después la desampararon. No cuentes con nosotros. Si eres tan buena para andar de buscona también lo serás para mantenerte. Estuvieron a punto de echarla de la casa pero se conformaron con arrojarla de su amor y de su infancia: ¡Aléjate! Me das asco. No esperes que vuelva a llamarte mi bebé, mi nena, mi niña, Mimí.

Antes de asestarle el último golpe en la cara y presionarla para que retrocediera hacia su habitación, cargaron a Minerva con nuevas culpas. Lo que has hecho acabará por matarnos. Si tu abuela llega a saber en qué andas metida, de seguro se muere. Terminaron de lapidarla con una última advertencia: A partir de este momento, de esta maldita hora, vas a recibir sólo el trato que merece una muchachita de l4 años que se comporta como una puta.

Minerva pálida, adolorida, temblorosa, horrorizada apenas pudo articular dos palabras: Déjenme explicarles. No. Por favor. No. Le impusieron silencio. Ahora, ocho meses y nueve días después de su muerte, Marcos y Carolina se arrepienten. Desde su tristeza, su aislamiento y su culpa se preguntan qué pensaba decirles. Tal vez si le hubieran permitido hablar ahora sabrían quiénes fueron los culpables de su muerte.

Necesitan encontrarlos, someterlos a la justicia, impedir que por un juego perverso destruyan otras vidas como habían hecho con la de Minerva. Abordaron el tema con los profesores de la secundaria y después frente a los compañeros de su hija. Todos lamentaron la muerte de Minerva, dijeron que no podían resignarse a su ausencia, la describieron como una niña bien buena onda y bien linda.

Carolina se mantuvo en silencio, observando las reacciones de los estudiantes para adivinar en ellas una que denotara responsabilidad por el suicidio de Minerva. Sus esfuerzos resultaron inútiles. En los rostros de aquellos jóvenes sólo vio extrañeza y temor; en su silencio, una cortina espesa que mantendrá oculta para siempre la verdad.

III

Ocho meses y nueve días después de enterrarla, Carolina y Marcos están muy lejos de resignarse a la pérdida de su hija. Cuando más los atormenta su muerte y la urgencia de mirarla, se acercan a la puerta de su habitación y la abren. Ver el desorden en el clóset, el remolino de sandalias y tenis bajo la cama, el cuaderno sin una hoja sobre la mesa y hasta la bolsita de cosméticos les produce la ilusión de que Minerva está viva. Ríen, se abrazan, la llaman en voz alta pero ella no contesta, ni siquiera porque han vuelto a nombrarla Mi bebé. Mi nena. Mi niña. Mi orgullo.


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