Unifica el deporte a otomíes radicados en la gran manzana

Written By Unknown on Senin, 28 Januari 2013 | 15.53

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Los jugadores que se reúnen a jugar futbol hacen sus torneos entre semana y comienzan los partidos a las 7:30 de la mañana, pues después deben asisitir a sus empleosFoto Cinthya Santos Briones

Cinthya Santos Briones

Especial para La Jornada

Periódico La Jornada
Domingo 27 de enero de 2013, p. 32

Nueva York, 26 de enero. El Manchester United, así como las selecciones italiana y mexicana, entre otros grandes equipos de futbol, se enfrentan cada semana en los parques de Nueva York durante su temporada y sus estrellas –incluyendo a un Chicharito– son otomíes.

Durante los meses cálidos en Nueva York, migrantes ñañúes otomíes de la sierra veracruzana organizan torneos de futbol entre equipos de distintas comunidades del municipio de Texcatepec.

La migración de estos grupos indígenas a la ciudad de los rascacielos comenzó en 1999. Los primeros otomíes en llegar a Nueva York se establecieron en el condado del Bronx, pero con el paso del tiempo se fueron dispersando a diversas partes de esta metrópoli como Flushing, Corona y Astoria en Queens, más al norte del estado se asentaron en Mahopac, Nueva Rochelle, y estados colindantes como Connecticut y Nueva Jersey.

Para estos migrantes, al igual que para sus paisanos de otras regiones, el futbol es un espacio de convivencia en donde las redes de intercambio y solidaridad se amplían. En el juego es donde se conocen más paisanos, se conectan trabajos, se ayudan si hay problemas y se hacen amistades, dice Omar Sánchez, indígena otomí y miembro del equipo del Manchester en Nueva York. Aunque muchos migrantes son del mismo lugar de origen, muchas veces no se hablan o no se conocen y es en el juego donde vuelven hacer comunidad. Hace un tiempo que murió un muchacho de la comunidad de Tzicatlán, nos hablaron sus familiares con los que jugamos futbol, para decirnos que necesitaban un apoyo económico y, que si nosotros los de Ayotuxtla podíamos ayudar, cuenta Sánchez.

El primer equipo de futbol otomí que se formó en Nueva York fue aproximadamente por el año 2006; en un inicio estaba integrado por miembros de las comunidades de Casa Redonda y Pie de la Cuesta, del municipio de Texcatepec. Después, se sumaron los mestizos de Cerro Zocohuite, del municipio de Zacualpan.

Algunos de estos jugadores otomíes trabajaban en una procesadora de fierro viejo al norte del Bronx, rumbo a Nueva Rochelle, lo que facilitó la creación de equipos de futbol, pues estos migrantes descansaban los domingos, día en que se llevan a cabo los torneos de balompié en la isla de Randall, relata Alfredo Zepeda –sacerdote jesuita que durante más de una década ha trabajado con migrantes indígenas de la sierra veracruzana en Nueva York.

En estas competencias, los otomíes del municipio de Texcatepec jugaban contra sus paisanos mixtecos del estado de Puebla, que durante la década de los setenta ya habían comenzado a conformar algunos equipos de futbol en el condado del Bronx. Durante los partidos, los jugadores portaban en su uniforme la insignia Bronx New York, aunque el conjunto se hacía llamar Deportivo Veracruz.

Además de reunirse a jugar la cascarita, los migrantes gustaban "echar el lunch" y convivir después de cada partido. Sin embargo, después de un tiempo Deportivo Veracruz se deshizo debido a que algunos de sus jugadores regresaron a sus comunidades de origen, otros tantos se mudaron de condado o sus actividades laborales ya no les permitían echar la reta, como ellos mismo refieren.

En 2010, otros grupos de otomíes asentados en Flushing y Astoria, Queens, comenzaron a formar equipos de futbol. Omar Sánchez recuerda: "la idea de hacer un equipo de fut surgió porque ya habíamos muchos paisanos del pueblo por acá y, como allá en el rancho nos organizábamos los días de fiesta para hacer torneos con otras comunidades o barrios, pues de ahí salió todo".

A diferencias del Deportivo Veracruz, estos jugadores procedentes de las comunidades de Ayotuxtla, Tzicatlán, Amaxac, La Florida y Cerro Chato, del municipio de Texcatepec, en su mayoría, realizan sus torneos entre semana y comienzan a jugar en el parque de Flushing a las 7:30 de la manaña, ya que la mayoría se emplea en restaurantes, como cocineros o ayudantes de cocina, y les es mucho más práctico reunirse a jugar antes de entrar a trabajar.

Anteriormente, íbamos a jugar a Nueva Rochelle por las noches, pues hay algunos paisanos del mismo pueblo que viven allá, nos organizábamos por teléfono para rentar un carro y nos íbamos a echar la reta, como decimos, el chiste es ir a jugar, comenta Gabriel Apolonio.

Los nombres de los equipos de futbol se eligen dependiendo de la afición o gusto por un jugador o un equipo específico; por ejemplo, los migrantes asentados en Flushing se hacen llamar el Manchester, los de Mahopac son el equipo de la selección italiana, los de Astoria, oriundos de la comunidad de Tzicatlán, se denominaron selección mexicana.

Los torneos se realizan cada ocho días durante los meses que van de primavera a otoño. Cuando se juega de manera amistosa, cada jugador debe dar una cooperación de 10 dólares por partido, pues el equipo que resulta ganador se lleva todo el dinero recolectado. Omar Sánchez cuenta que, cuando se decide hacer un clásico, todo es más serio y más competitivo, pues en cada partido se cuenta con un árbitro y trofeos, que el capitán del equipo entrega a los ganadores.

Florece la amistad y el bien común

Ya en la cancha, el juego transcurre entre risas, sudor y el vaivén de la pelota –nuni–, que pasa rápidamente de un jugador –'ñeni– a otro. "Aquí, también tenemos grandes goleadores –refiere Sánchez– como Gabriel, ¡que es nuestro Chicharito otomí de Nueva York!".

Los uniformes que portan en cada partido son enviados a hacer en una tienda mexicana de equipos deportivos en la avenida Roosevelt en Queens; el costo por cada atuendo es de alrededor de 50 dólares con todo y tacos. Acá en Nueva York es más fácil adquirir los uniformes que en nuestras comunidades, pues aquí como uno trabaja puede darse el lujo, allá en el pueblo aunque uno quiera, no hay dinero, expone Manuel Galdino.

Sin embargo, a diferencia de los migrantes poblanos, que durante la década de los noventa lograron institucionalizar sus ligas deportivas a través de programas creados por el gobierno mexicano en el exterior, como la Federación Deportiva Mexicana del Noroeste de Estados Unidos, los otomíes aún no han podido consolidarlo, a pesar de que cuentan actualmente con unos 60 jugadores.

Pero el futbol no es sólo un deporte, es la manera en que los migrantes se rencuentran con los suyos, renovando lazos y estableciendo vínculos con migrantes de distintas comunidades de otra región, país o continente.

Ante una cultura totalmente indiferente e individualista, la creatividad de encontrar espacios donde la amistad y el bien común florezcan se vuelve esencial en la vivencia de estas comunidades. El juego y la socialización que conlleva se convierten en una reafirmación de sus raíces, de lo que son como individuos y una celebración de lo que son como comunidad.


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